BUENOS AIRES.- Primero, lo patético. El ministro de Salud de la Nación y un subsecretario del gobierno porteño, ambos en persona, muy temprano se dieron a la tarea de competir por las cámaras y los micrófonos de la televisión, al pie del crucero MCS Armonía, en el Puerto de Buenos Aires. ¿Cómo criticar a Juan Luis Manzur y a Néstor Pérez Baliño, representantes de dos estados que se llevan a las patadas, por querer prevenir? Imposible. Lo más reprochable de la actitud de los dos funcionarios es que la exageración de una epidemia de gripe que no fue los llevó a encaramarse como protagonistas de un show inaudito. Un rato después, la realidad les daría a ambos una sonora bofetada. A 40 cuadras de distancia, en la estación Once y sin que ellos lo imaginaran, se estaba cocinando una tragedia, a favor de la desidia de un sistema colapsado, en el que también el Estado es protagonista porque pone la plata, pero casi no controla adónde va a parar.
No hay discusión. Si fallaron los frenos o el conductor del tren sufrió una indisposición, tanto la empresa TBA como la secretaría de Transporte y la subsecretaría de Transporte Ferroviario son los responsables naturales del movimiento de los trenes, como la ciudad de Buenos Aires lo es hoy de los subtes.
Sin embargo, esta vez ningún médico del SAME le preguntó a los pasajeros heridos si habían votado por el PRO o por el Frente para la Victoria. Además, olvidándose de las chicanas que dejaron sin cobertura de la Federal a hospitales y subterráneos, las dos policías se pusieron el traje de la solidaridad, cortaron el tránsito, acordonaron la zona, armaron un helipuerto y agilizaron el paso de las ambulancias. La televisión mostró un operativo coordinado de chalecos amarillos y naranjas.
Ante el desastre, las mismas dependencias oficiales que la iban a demostrar a la TV cómo se frenaba una epidemia de gripe bajaron el perfil y se mostraron en Once compungidos y sin estridencias. Todo parecía que estaba dado para comenzar a demoler la mediocridad que separa a las dos jurisdicciones. Sin embargo, la operación "pantalones largos" en beneficio de los ciudadanos sólo duró un corto tiempo nada más, ya que las miserias políticas regresaron a la hora de ver quién daba a conocer la comunicación formal sobre el número de muertos. Durante un buen rato, nadie quiso hacerse cargo de dar tamaña noticia y no hubo comunicaciones oficiales y sólo trascendidos, no sea que cosa que la Ciudad tuviera que anunciar primero los cadáveres del otro o la Nación mostrar por una vez que está dispuesta a afrontar lo que le compete. (DyN)